lunes, 23 de octubre de 2017

Experimento: Tortilla de calabacín en microondas.

He comprado hoy unos calabacines luna para probar a hacer una tortilla. No me apetecía manchar la sartén (siempre la dejo hecha un cristo), así que decidí probar a usar el microondas.

Ingredientes:
  • 1 Calabacín luna
  • 3 huevos
  • 1/2 cebolla
Preparación experimental:
  1. Pelar los calabacines luna con un pelador.
  2. Cortar en rodajas finas.
  3. Meter en un recipiente cilíndrico para microondas.
  4. Picar la media cebolla
  5. Meter en el mismo recipiente.
  6. Calentar 9 minutos a 1000W. Si es posible, tapar con una tapa de silicona.
  7. Cascar y batir 3 huevos.
  8. Verter el huevo sobre el recipiente del calabacín.
  9. Dejar reposar un rato largo (10 minutos al menos).
  10. Volver a tapar.
  11. Calentar 9 minutos a 1000W, tapado con una tapa de silicona (si se usa una tapa rígida podría saltar).
Análisis de resultados:
La tortilla resultante es jugosa y tiene la consistencia adecuada. Sin embargo, la cebolla ha quedado demasiado cruda. Puede deberse a que se ha sacado el recipiente del microondas (la tanda de 9 minutos se ha hecho en 2 veces de 5 y 4 minutos), o a que en los primeros 5 minutos no se ha tapado el recipiente. En posteriores ocasiones, tengo que probar a calentar primero la cebolla sola.


domingo, 6 de agosto de 2017

Philip K. Dick: Los Simulacros

Dick, Philip K.: Los simulacros, Martínez Roca (col. Superficción-2, 109), 1988, ISBN 84-270-1184-9. 189 páginas; Bibliografía.
Descriptores:
Ciencia-Ficción. Viajes en el tiempo. Distopías.

Segunda mitad del siglo XXI. Tras las guerras nucleares de la década de 1990 y la incorporación de Alemania Occidental a los Estados Unidos, los Estados Unidos de América y Europa están regidos por un curioso régimen semimatriarcal, en que Nicole Thibodieux es la Primera Dama vitalicia que va casándose con los diversos hombres elegidos para el cargo de "Der Alte" ("El Viejo").

En este marco, la novela comienza presentándonos a tres personajes: Nat Flieger, ingeniero de sonido interesado por grabar al concertista telequinésico Richard Kongrosian; Egon Superb, último psicoanalista al que excepcionalmente se permite ejercer; Ian Duncan, que ha gastado todos sus ahorros en acceder a un apartamento en uno de los grandes edificios comunales pero no consigue integrarse en la cerrada sociedad del mismo. A través del cruce de sus vidas, descubrimos —como en tantas obras de Dick— una sociedad opresiva (los Bes que constituyen la clase media; los Ges conocedores de secretos que integran la clase alta; los parias bajo todos ellos) disfrazada de democracia, mantenida gracias a un equilibrio inestable que está a punto de romperse.

Dick juega en esta novela a algunos de los juegos a los que nos tiene acostumbrados (los transtornos psicológicos, los poderes psíquicos, los viajes en el tiempo que abren universos alternativos); sin embargo, la complejidad de la novela debe más a la tupida trama de personajes que a los juegos de espejos de Ubik o Nosotros lo recordaremos por usted. Por ello mismo, no podemos decir que sea una de sus obras maestras; sin embargo, merece una lectura por los temas éticos y políticos que plantea (y que no puedo mencionar sin destripar la trama).

Romar / Agüero: Aquelarre.

Rómar, Antonio y Mazo Agüero, Pablo : Aquelarre. Antología del cuento de terror español actual, Madrid, Salto de página, 2011. ISBN: 978-84-15065-14-2, 402 páginas.
Descriptores:
Narrativa Española:Antologías. Terror. Cuentos literarios.
Precio de lista:
???

Compré este libro en la Feria del Libro de 2015 o 2016, y lo he ido paseando en diversos viajes en cada uno de los cuales leía al final cuatro o cinco relatos, por lo que mi visión de conjunto puede estar distorsionada (ya que recuerdo mejor los últimos relatos leídos). En cualquier caso, es una interesante compilación de literatura de terror que recoge a autores conocidos por el gran público (y no tan actuales, puesto que eran ya ancianos venerables cuando el libro se editó, como en el caso del maestro Juan José Plans) junto con otros que solo han sido publicados en fanzines y antologías.

Los relatos van desde el relato fantástico ("La mancha", de Juan José Plans) y el realismo mágico ("La luz de la noche", de José Carlos Somoza) al terror psicológico puro ("La Cirugía del azar", de Alfredo Álamo; "Gatomaquia", de Marc Soto), sin olvidar los relatos de vampiros ("El ángulo del horror", de Cristina Fernández Cubas) o de zombies (Huerto de Cruces, de Santiago Exímeno). Los hay de lenguaje barroco e intrincadas referencias metaliterarias ("Nox Una", de Marian Womack) y de lenguaje llano, prosaico ("La mancha", de Juan José Plans). Los hay que se ubican en coordenadas urbanas, y los hay que se desarrollan en el páramo o en playas poco concurridas. La selección es tan amplia, que voy a citar algunos de mis preferidos.

  • "La luz de la noche", de José Carlos Somoza, es un interesante juego de espejos sobre la muerte y el afecto, protagonizado por una niña que acaba de perder a su madre
  • . Su prosa transparente nos conduce, a través de juegos que recuerdan al realismo mágico, a un final redondo.
  • "Gatomaquia", de Miguel R. Soto, es un relato que debería ubicarse en el género de la novela negra y que por su título me hace pensar que quizá esté influido por relatos de terror de corte psicológico como "Los gatos en las paredes" de Lovecraft o "El gato negro" de Poe. A partir de la fobia del protagonista hacia un gato que lo ha relegado a un segundo plano en la familia, vamos descubriendo su verdadera historia. Y hasta ahí puedo leer
  • .
  • "La Mercancía", de Alberto López Aroca, toma también las formas de la novela negra, pero en este caso sí incorpora elementos fantásticos. Aunque es perfectamente predecible, su gracia está en el manejo de las fórmulas del relato policial.
  • "El hombre revenido", de Emilio Bueso, es un relato gótico a la manera tradicional, situado en una época indeterminada en alguna pequeña ciudad de la península itálica, que es visitada por un monstruo que anuncia la llegada de una serie de plagas.

La anterior selección es, por supuesto, personal y subjetiva; les invito a que lean este libro que les abrirá puertas para descubrir un género menor cultivado, sin embargo, por autores de primera calidad.

sábado, 15 de julio de 2017

Es el simbolismo, idiotas!

Un asunto que ha salido varias veces a colación en el taller que he hecho los últimos días es la influencia de la lengua sobre el pensamiento. Y es un asunto complejo, porque (aunque negar dicha influencia sea tirar piedras sobre mi propio tejado) desde la antropología no hay una postura clara.

En cuanto a la lengua como sistema, la hipótesis Sapir-Whorf según la cual «la lengua de un hablante monolingüe determina completamente la forma en que éste conceptualiza, memoriza y clasifica la realidad que lo rodea» no se sostiene ante la evidencia empírica.

Y en cuanto a la producción lingüística, la antropología nos dice que tampoco los discursos (es decir, lo que se dice) son fiables para caracterizar una cultura, porque a menudo las prácticas (lo que se hace) contradicen a los discursos.

Pero, aun así, no se puede negar cierta interrelación entre sociedad, discursos y concepción del mundo. Es eso lo que explica el recurso constante al "hackeo" del lenguaje como palanca para llevar la opinión pública hacia uno u otro lado (lo que a menudo provoca, todo hay que decirlo, reacciones contrarias a la esperada). Este hackeo requiere o bien un amplio consenso social (por tanto, la sociedad no cambia su lenguaje para cambiarse a sí misma, sino que se cambia a sí misma y al hacerlo cambia su lenguaje), o bien el consenso de los medios que poseen el discurso dominante, como documentó Klemperer en su estudio sobre la lengua del Tercer Reich, y como alertó Orwell en 1984.

Puesto que en sociedades como la nuestra es difícil poseer la totalidad de las voces y ahogar la totalidad de las disidencias, numerosos grupos están ahora mismo negociando la verbalización de numerosos conceptos para normalizarlos, denigrarlos o ensalzarlos. Ello hace que seamos más conscientes que nunca de esa capacidad de «apalancamiento» de la lengua. Pero en esta negociación, todo hay que decirlo, entran también criterios sociolingüísticos, desvíos en la comprensión del significado primario y desvíos, finalmente, en la propia comprensión de la realidad.

Un ejemplo de los primeros es que a menudo la desaparición de una palabra no se debe a su significado denotativo primario, sino al grupo que se ha apropiado de ella como emblema; así probablemente se pueda explicar la desaparición de "obra" y "labor" como palabras-emblema que nos recuerdan otros tiempos. Ejemplo de los segundos serían la etimología popular (en sentido amplio) que nos hace dar a ciertas palabras y morfemas significados que nunca tuvieron, a causa de su parecido con otras palabras o morfemas (quizá me crucifiquen los lingüistas si meto en la etimología popular la reinterpretación de los sustantivos en -e como masculinos), el calco semántico gracias al cual una palabra toma el significado que se le da en otro idioma (así, a menudo las disquisiciones en torno al uso de "género" o "sexo" no tienen en cuenta las consideraciones sociológicas sobre la construcción social de la identidad personal y la biología folk, sino simplemente el uso común de la palabra en inglés) o el contagio por su constante aparición junto a otras palabras cargadas de connotaciones positivas o negativas (así, los nazis cargaron de connotaciones positivas la palabra "fanatismo" empleándola constamentemente en mensajes positivos).

Al hacer de la lengua un emblema, estos grupos negociadores olvidan cotidianamente que no es la lengua, sino el simbolismo lo que influye sobre el pensamiento. El simbolismo, una capacidad que se suele asociar frecuentemente al pensamiento abstracto, no se limita al lenguaje (la capacidad humana de comunicarse mediante un sistema de signos verbales), sino que se extiende tanto a lo paralingüístico (los signos no verbales con que se acompañan las palabras) como al resto de sistemas semióticos no verbales.

No creo que sea necesario hacer referencia a la influencia de la iconología e iconografía sobre el pensamiento de una sociedad. Al fin y al cabo, de eso viven los publicistas. Pondré, por tanto, un ejemplo un poco más abstracto. Jack Goody, en La domesticación del pensamiento salvaje, muestra que la posesión de escritura (no la escritura verbal de la que se ocupa la lingüística, sino los textos maquetados de los que se ocuparían la paralingüística o la tipografía) es uno de los rasgos que permiten comprender aspectos específicos de la forma de pensar en los occidentales. Pensamos en el fluir temporal no porque nuestros verbos posean tiempo, sino porque tomamos registros del tiempo. Pensamos haciendo listas mentales porque la escritura nos ha enseñado a preparar menús y listas. Es decir, no solo lo que decimos influye sobre nosotros, sino también la mera posibilidad de convertir el mensaje lineal en una serie de dibujos situados en el espacio de una tablilla de arcilla, una pared, una piel de animal o una hoja de papel. Pensemos, del mismo modo, en cómo los códigos del lenguaje audiovisual han modificado nuestra manera de pensar el tiempo, limitando nuestra atención a clips de 20 segundos. Es otro ejemplo de elemento para-lingüístico, situado en los intersticios del código, que sin poseer en sí mismo significado alguno influye notablemente sobre nuestra cognición.

La lengua puede ser una palanca desde la cual alterar la percepción y las prácticas, es cierto; pero no es la única. Y a menudo, quienes ostensiblemente tiran de la palanca del lenguaje son los mismos que empujan en dirección contraria desde la imagen, la música o la acción.

viernes, 14 de julio de 2017

Picnic

Merendé una granita de limón
Y sólo cené dos cervezas
Corrí diez minutos en pos del autobús
Tras bailar música rave en el museo.

Solo lamento
Que esta dieta
Y este jueves
Ya se acaban, simultáneamente.


miércoles, 28 de junio de 2017

Aún Eros

Iba a escribir un manifiesto abogando
Por una vida célibe y asexual, libre
De molestas excitaciones
Pero me lo impide esa piel en que las pecas
Dibujan pequeñas montañas,
La curva demasiado amplia en la orejilla
Que asoma entre los cabellos,
La arruga del brazo alzado sobre el hombro.
Será la atmófera cerrada
Del vagón; el caso es
Que siento
Que aún siento algo.


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Perdon por  las posibles faltas, escribo desde un móvil...